Poesías

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Yo siempre fui consciente de que mi literatura tenía que valer por si misma, ella sola, despojada, papel y tinta, abecedario y gramática, ella sola ante el mundo. Si no era así para mi no valía, no sería buena, verdadera literatura, no sería, en definitiva, mi literatura, mi estilo, la inmortalidad que ya me asiste.

Pero también siempre fui consciente de que yo no tenía por qué sólo hacer literatura. Por el contrario, siempre me gustó mucho hacer también otras cosas, tantas como pudiera y quisiera. Al respecto, con el tiempo he sabido que la vida del escritor es el paratexto de su obra, que la biografía del autor es, para sus lectores, parte de la obra. Y desde entonces me he esmerado en dar a conocer lo que de mí me parecía más adecuado para acompañar positivamente a mi -como es claro- ya por si sola alta obra, sólo por divertirme más.

Como es obvio, podría yo haber disimulado mis mensajes paratextuales tras cualquiera de mis personajes y la gente igualmente hubiera comentado lo bien que retrata Zuasnabar las neurosis y el ego medios de los literatos, pero he preferido hacerlo en apellido propio porque no me pareció honorable hablar en otros bajezas tan íntimas y propias: soy muy orgulloso.

Con la publicación de Proesías a la inmortalidad doy por dicho a mi manera todo lo básico del temario clásico: vida, muerte, amor, odio, sexo, familia, Dios, la Nada y el Todo, el Absoluto: chau, fue. En ese libro doy cuenta de la moral que quiero mostrar, posiblemente la que se corresponde, en la realidad, conmigo. Y aun quedan por publicar las ya famosas Vitacracia, La baba dialéctica, La entrevista, La vida en duda y mi impresionante Epistolario.

Entonces -con el aval moral que me otorga lo escrito hasta ahora- estoy empezando a creer que, si me queda tiempo, iré sintiéndome más y más libre en el aspecto de fondo, en los contenidos de mis escritos, lo que me induce también a pensar que, necesariamente, seré más libre en el aspecto formal, de estilo, para poder darle debida exteriorización a esos nuevos pensamientos que, al parecer, serán más libertinos, como en este libro.

Los profesores de Lengua y Literatura, los críticos y toda la legión de mis queridos colegas los escritores -en general, todos autores menores- son mis médicos, en este caso, forenses que hacen el estudio de mis células literarias, mi autopsia y, en el mejor de los casos, mi biopsia; hacen el diagnóstico, determinándome orígenes, génesis y consecuencias, y terminan recomendando que se me ingeste o se me deje de lado, por lo que les tengo sincero -y creo merecido- terror.

Sin embargo, suelto amarras y en este libro escribo hasta lo que no quiero escribir. Si alguna vez no lo hiciera así, mi vida literaria no tendría tanta gracia como mi vida privada. Y eso me es inadmisible toda vez que valoro tanto o más la primera que la segunda (y eso, como mínimo).
Por una vez censuro la autocensura y desprecio la minuciosa corrección posterior a la suelta de ideas, tanto sean halcones o palomas.

Por una vez, me arrojo a la tenebrosa arena de los críticos y hago sordos oídos al público del circo: entre mi satisfecha liberación y mis despiadadas carcajadas veo cómo las fieras, y la otra pobre gente en general, pisan el palito y me devoran.

Por una vez, entro en todos ustedes con todo mi salvajismo, creyendo ustedes que sucede lo contrario.

Por una vez, dejaré que saboreen lo que les es imposible concebir.

Que Dios no los libre de mí y que, por siempre, les aproveche.
 

 En calle Mitre, una mañana soleada de noviembre 2001.
Introducción a ‘Extra vagancias’
(libro que busca Editor)

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