Novelas

Ratio: 0 / 5

Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado
 

Ayuda Anual a la Creación Literaria 1995
Centro de las Letras Españolas
Ministerio de Cultura de España

(...) Al tener tan privilegiado lugar de observación -el palco oficial y las cubiertas de los acorazados- me fue fácil grabar los sucesivos discursos ofrecidos por los dirigentes -locales y foráneos- a la enorme concurrencia al acto de apertura de la Feria de las Colectividades de ese año que, en este libro, nos interesa por la histórica presencia del profesor Bouzúa. Grabé exactamente doce cintas; en días posteriores, las transcribió al papel una bella empleada de la Facultad, la cual, de esta manera y de otras, se ganó conmigo no sólo que la Universidad no prescindiera de sus servicios sino también un ascenso, sin tener en cuenta su antiguedad inferior a la de todos sus compañeros de oficina. Ante la sugerencia de lo brevemente enunciado, justifico absolutamente mi conducta, incluso las fuertes palabras de advertencia que le dije -como persona mucho mayor que ella y, por ende, más experimentada- esa inolvidable mañana que la llevé al Motel El gato negro, debido a que yo puedo entender -y, en ciertos momentos, hasta disfrutar- que su juventud aún la induzca a actitudes simpáticamente heroicas, pero no necesariamente tolerar que ello la lleve a perder su trabajo, máxime considerando que -con el Decano y atendiendo las exigencias de las leyes de flexibilización laboral- poco antes resolviéramos no renovarle el contrato a su marido. En cualquier caso, no creo que a los lectores les interese la vida de una empleada, por más categoría que -por mis buenos oficios- logre; si bien -en conjunto con sus compañeros- no se me escapa que conforma la Institución que yo creo dignamente representar. Lo que aquí interesa es que la chica me hizo un trabajo estupendo, el cual, obviamente, no puedo transcribir en su totalidad, porque implicaría otro libro, amén de aburrido: es proverbial la capacidad de la dirigencia para hablar sin decir casi nada. Por lo que, según mi -al menos creído- buen criterio, he seleccionado los momentos más relevantes, los cuales a continuación, sin más dilaciones irrisorias, reproduzco.

(Discursos de abajo del Monumento)
En primer lugar, habló el delegado papal:
“Queridos hijos míos, rebaño de Nuestro Señor,
...os hemos aquí reunidos para que -con un festejo ordenado- podáis agradecer a Dios y a vuestras autoridades la oportunidad que os han brindado justamente para poder comer, beber y bailar ¡moderadamente!. Así que ¡danzad, benditos, danzad!...dando gracias al Señor! ”.
Luego, se encaminó con solemnidad -entre la gente que, motivada por las fuerzas de seguridad, se apartaba como las aguas del mar Rojo- a la cubierta de uno de los acorazados, donde procedió a bendecir los cañones y la pila de proyectiles que serían disparados contra los blancos colocados en las islas entrerrianas. Dijo, entre otros conceptos:
“Que nuestro Señor Jesucristo les ilumine la trayectoria para que nuestros soldados de hoy no desmerezcan la puntería de nuestros soldados de ayer ”. A continuación, hizo uso de la palabra el señor Gobernador:
“Querido pueblo santafesino,
...al verlos a todos ustedes rodeando mi escenario, emocionado hasta las lágrimas comprendo que no me equivoqué cuando pensaba -fusil en mano- que, si la violencia no me llevaba al poder, probaría con la democracia. Y resultó. Gracias por votarme, gracias ”.
Acto seguido, el señor Intendente:
“¡Ciudadanos!
“..........curadas las heridas del pasado , el señor Gobernador y yo hacemos del orden en progreso nuestro objetivo para con ustedes; no tienen nada que agradecernos: es nuestro deber ¡viva mi ciudad! ”.
Como a la Feria anualmente concurren, entre otros, más y más entrerrianos celosos -como todos- de su patria chica, se estimó prudente que su gobernador les dedicara unas breves palabras:
“.............entonces, queridos comprovincianos, no tienen de qué temer: tanto mi colega -el señor Gobernador de nuestra hermana provincia de Santa Fe - como el señor Intendente de Rosario y los señores comandantes de estos hermosos acorazados, me han dado todas las garantías sobre la capacidad de fuego y escaso margen de error de los cañones con que nos dispararán. De todas maneras, pese a que nuestros isleños caprichosamente no querían abandonar -sólo por el momento- sus casitas, ¡ya los hemos trasladado y alojado a salvo! en galpones que los dirigentes de nuestra querida Sociedad Rural han permitido que ocupen -con los evidentes trastornos que ello representa para sus delicados animales de pedigree-; y es que...ellos son comprensivos y entienden que...¡la fiesta debe continuar, si es posible, cada vez más! ”.

Así la gente bailaba enardecida -habiendo más discursos programados: ya esperaban, ansiosos por hablar en público, los dirigentes de cada colectividad- el Intendente se mostró inquieto; cogió el micrófono:
-“Por favor, por favor hagan silencio...por favor, a ver si dejan de bailar un momentito...¿no me escuchan?, oigan por favor, atención.........¡firm...!
De la larga lista de oradores -representantes de cada grupo inmigratorio- por su elocuencia respecto a este trabajo he rescatado ciertos pasajes.
Cuando el director de ceremonias anunció -desactualizado- al dirigente yugoslavo, con celeridad se aproximaron los de Serbia, Croacia y Bosnia, entre los que -en un momento dado- se estableció el siguiente cruce de opiniones, micrófono mediante:
El serbio: ”...porque nosotros hemos conducido a nuestra colectividad al éxito que significa aplastar a los pueblos enemigos...”
El croata: ”...no tanto, querido amigo mío, no tanto, en nuestras comidas ginebrinas le he demostrado -ya más de una vez- que ustedes tienen manipuladas las estadísticas y que somos nosotros los que más bajas civiles les hemos infligido...”
El bosnio: “...qué simpáticos son mis dos queridos colegas, pero no les hagan mucho caso: somos nosotros -los dirigentes bosnios- los que tenemos que soportar la tergiversación de las estadísticas ya que -pese a que ciertamente nos han matado y torturado a montones de mujeres y niños- realmente no han sido tantos como los de ellos...”
Luego se abrazaron y se besaron en cada mejilla. A los periodistas que les interrogaron el por qué de esa afectuosidad -mientras sus pueblos se mataban- explicaron que, si bien sus deberes en tanto hicieran durar la guerra eran los de alentar a sus respectivos pueblos a eliminar al otro lo antes posible, para después que convinieran firmar la paz debían ir dando a sus dirigidos ejemplos de tolerancia y buena convivencia. Y brindaron -ya por costumbre- con champagne extra brut que folclóricas azafatas acercaron al palco.

Seguramente contagiado por el protagonismo y la euforia de sus camaradas europeos -y a la manera de los espontáneos de las plazas de toros- saltó al escenario el representante paraguayo:
“...en la guerra que en el siglo pasado mantuvimos los dirigentes paraguayos contra nuestros hermanos dirigentes argentinos, brasileños y uruguayos indudablemente ganaron los mejores: no es mentira -las estadísticas son ciertas- que nuestra masa combatiente fue minuciosamente aniquilada, nuestro territorio ocupado y nuestras mujeres perfectamente sojuzgadas; es de político reconocerlo. Quizá nuestras tropas, antes de morir, no hicieron todo lo que podían por defender el honor de sus instituciones y de los superiores que en ellas habían depositado buena parte de sus intereses. De todas maneras, antes de vivir deshonrosamente murieron, salvando así -si no a sus mujeres- el honor patrio... ”.

El ambiente se había caldeado y era notoria la fractura entre la dirigencia -sobre el palco- y la multitud, a duras penas -pero con paradógica alegría- contenida por la férrea barrera establecida por las fuerzas del orden y la seguridad pública -otros dirigidos- con camiones Neptuno -lanza agua- y a caballo, con escudos.
Fue cuando D. Haro de Bouzúa colgó y dejó desplegado de uno de los balcones de la cúspide del Monumento Nacional a la Bandera una enorme pancarta en la cual se podía leer claramente desde toda la explanada y aún desde más lejos:

NUNCA MáS
VIOLENCIA
INSTITUCIONAL

Con el megáfono Bouzúa repetía, como en una letanía, ese texto. Reconozco que resultaba impresionante. La gente lo aclamaba y los dirigentes quedaron momentáneamente paralizados -y boquiabiertos. Vi a Lara -como de costumbre, desde que conociera al profesor, pertrechada con un grabador- correr hacia la torre del Monumento, entrar y, luego -abrazada a Bouzúa- mirarnos desde arriba. Las autoridades se sobrepusieron a la impresión inicial y mandaron a las fuerzas de seguridad a desalojarlos. No pudieron, debido a que los dos elevadores estaban bloqueados en la cúspide y las escaleras -en obras desde el año anterior- cortadas por espacio de veinte metros.

Horas más tarde, Lara bajó en uno de los ascensores que, de alguna manera, luego Bouzúa, desde arriba, dejó sin flujo eléctrico. Capturada por las fuerzas de seguridad fue llevada hasta donde estaban los dirigentes -o sea cerca mío- momento que aprovechó para alcanzarme la grabación de sus conversaciones con el profesor, en la cima. Entiendo que lo hizo inducida por el mismo Bouzúa y el temor a que la dirigencia la hiciera desaparecer.

Para intimidar a Bouzúa la esposaron al mástil de proa de uno de los acorazados, zona muy visible desde las alturas y despejada de gente. Parecía una bella heroína raptada por un barco pirata, y a quien, en cualquier momento, harían caminar sobre una tabla hasta caer en aguas infectadas de tiburones. Pero estábamos en Rosario y en las postrimerías del milenio.
Bouzúa se llamó a silencio.
Todos hicieron silencio.
La multitud, espectante, ojeaba, como en un lentísimo partido de tennis, alternadamente la cúspide y a Lara rodeada por los dirigentes. Hasta que éstos, encolerizados por la presencia del cartel, apuntaron los cañones preparados para las pruebas de artillería hacia la torre del Monumento. Bouzúa, sin descolgar su banderola se introdujo en la atalaya, desapareciendo de nuestra vista.
Ante esto, el delegado papal, con la prédica ambigua que tan bien maneja la dirigencia, repetía a sus colegas marinos: “con calma, con calma” sin aclarar que no disparasen o que lo hicieran calculada, acertadamente; y a Lara, que chillaba con desesperación que no abrieran fuego: “resignación, hija, resignación cristiana”. Todo un fresco costumbrista pero, antes de continuar con más pormenores, creo oportuno transcribir la grabación que me alcanzara la jovencita: (...)

Fragmento de ‘Vitacracia’

Compartir

Contacto

E-mail. info@zuasnabar.com.ar
Teléfono. +54 (341) 4811484
Móvil. +54 (341) 6 55 8079