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a la Psicología

Cuidado. Casi me da un nuevo brote psicótico. ¿Cuál? El de llamar a Florencia, después de haberlo hecho para disculparme de las verdades que yo sentí, y le manifesté, bajo los efectos del alcohol, la noche anterior. Ahora para pelearla de nuevo, porque yo para ella sólo soy el novio cama afuera que completa todas sus necesidades satisfechas, mientras que, para mí, mi soledad es dolorosísima. Cada almuerzo y cena que realizo solo, cada masturbación que palía la ausencia de una muy deseada mujer que se pasee por la casa con la bombacha arrugada, metida en la cola. Cada amanecer y anochecer solo mientras ella desayuna y cena con sus hijos, los novios de los hijos, su papá y otros amigos, todos los días que quiera.
Casi me da un nuevo brote psicótico porque, en efecto y en primer lugar, no sería la primera vez que me sucede algo similar, si no idéntico. Repeticiones, según mi amigo Freud. Y, en segundo lugar no menos importante, porque yo soy un tipo reconocidamente capaz y organizado como para traerme ya mismo una piba que todo el día me pasee por delante su trasero. Pero no la tengo porque, en definitiva, no me interesa, porque cuando Bebé se interpuso entre Florencia y yo, Florencia esperó y Bebé sólo duró un mes. Después volvió a ser Florencia; y no por su voluntad o por la de Bebé ni por la de nadie que no fuera solo yo. Y todo pese a que Bebé tiene unos hijos que en vez de presentárseme al menos conflictivos como se me presentan los hijos de Florencia, ésos dos cachorros se me aparecen hermosos. La nena de quince, tan espectacular pero afortunadamente vista como una posible y compinche hija, como reemplazo de la mía, justamente Consuelo (¿no seré muy elemental y burdo?) que vive en España con su futuro marido, Paco, un gallego que ni siquiera conozco. Así de solo me siento. Y el nene, de ocho, con quien soy tan amigo. Y la misma Bebé, que al mes dejé para volver con Florencia, después de haberla ya dejado antes por Lucía, la pendeja de dieciocho, que a su turno también dejé, para volver con Florencia. ¿No estoy loco? ¿Qué es estar loco? Eso no importa. Importa que estoy continuamente insatisfecho. A todas les encuentro defectos, para luego dejarlas, y quedarme de nuevo solo. Mientras estoy con Florencia la peleo porque no me acompaña mañana, tarde y noche, pero si así lo hiciera la pelearía por no darme un hijo propio, o por cualquier otra cosa.
Soy de terror, pero al menos me doy cuenta. Peor, dos veces peor, porque, encima, no tengo los beneficios de la idiotez, aunque sí los de los necios, que, en ellos, no son beneficios, son castigos, porque no se permiten ni sus propias verdades obvias, por lo tanto -a diferencia de los idiotas que no entienden- comprenden su miseria, y sufren, como yo.
Bien podría quedarme tranquilamente solo, a seguir, según mi visión, malamente acompañado por Florencia, porque me consta desde hace ya casi medio siglo -este año que viene- que cuando estoy solo soy como un caramelo a la puerta de una escuela. Pero no, casi la llamo de nuevo para pelearla, porque me argumentó que ella, ya desde su casa, cenando con sus permanentes compañías, me había invitado a ir, cuando yo la llamé ya borracho y salido de las casillas, es decir, a mi entender, psicóticamente libre. No me había invitado antes -como de costumbre-, y ahora lo hacía cuando yo ya estaba descontrolado. Y, en cambio de ir, le grito que si quiere seguir teniéndome de novio vida afuera, me pague la edición de un libro. Una barbaridad. O no. Quien puede opinar sobre cuestiones éticas y morales tan personales, íntimas. Pero yo, de tanto en tanto, exploto, pongo pruebas cada vez más irresistibles, por lo repetido, y por lo insoportables, en vez de comportarme como un verdadero hombre, siempre a mi entender, por lo que he visto en la vida, esperando callado que aparezca la mujercita con quien hacer dos o tres hijos más –me quedé corto sólo con mi adorada Consuelo-, sin importar si me paso o no el resto de mi vida viviendo con ellos, porque la cuestión, tanto para hombres como mujeres, hoy día, es tener varios hijos y también varios cónyuges, tantos como sean necesarios, según cada uno, para considerar cubiertas sus expectativas de una vejez acompañada, no más sea porque la numerosa familia creada esté peleada y, para llevarse la contra, una parte de ella me acompaña mis últimos años y a la hora de morir. Y no morirme solo como una rata, como me puede pasar ahora mismo, que no tengo ningún hijo o nieto dándome vueltas alrededor. ¡Qué hermoso sería! Me obsesiona ese ideal pero ‘no puedo mantener una relación estable’. No puedo atesorar. Sólo puedo probar que soy capaz de hacerlo para luego deshacer lo logrado. Sólo obtengo algo porque si no lo hiciera no tendría nada para perder ¿Lo hago por voluntad propia? ¿O porque no puedo superar ciertas ‘resistencias’, ciertas ‘repeticiones’? ¿Puede ser que sea tan necio? No es necedad. Es otra cosa que no alcanzo a ver. “Es su historia, simplemente, que a veces, como a todos, se le viene encima, sin avisar de qué va”, me han dicho, y lo creo, ¿por qué no?, es una posibilidad como cualquier otra, pero en mí sus consecuencias son devastadoras, regreso, vuelvo a cero.
Cuando en realidad, si yo me comportara como un hombre de verdad, además de encontrar la mujer que me diera más hijos -si yo tuviera el coraje de tenerlos- mantendría como amiga, sin pelear a nadie, a Florencia, siendo tan discreto yo, que ni mi psicólogo sabría que con ella seguimos haciendo el amor, porque yo estaría casado con otra, viviendo con mis hijos, y, en ese estado, vanagloriarse sólo ante si mismo, de la dupla conseguida, estoy seguro, debe ser una satisfacción enorme comparada con el destructivo escándalo de agredir la dignidad y los afectos de las personas, como yo hago en cada uno de mis brotes psicóticos. ¿O esto no es psicótico? ¿Qué importan las carátulas? Yo colecciono momentos, como dijo Heinrich Böll, pero aún me resisto a quedarme con sus contenidos. Sólo me quedo –para envidiar a quienes han hecho lo que yo no he querido hacer- con las carátulas de todo lo que podría haber sido y no fue, que fue otra cosa de valor no inferior -al menos, quién puede asegurar- a lo que creo que quise y no fue, pero con un resultado final -mi presente- ‘insatisfactorio’, ‘defectuoso’, así como cada una de las mujeres que hago en mi vida desfilar, sin quedarse, por ‘defectuosas’, por ‘insatisfactorias’.
Bien, basta que nos perdemos. Espero que, una vez más, la literatura sea mi mejor cura. Espero pasar esto a la computadora e imprimirlo. Y leerlo cuando yo ya no sea el que lo escribió: a ver si aprendo, no a escribir -que eso no me hace falta- sino a vivir.
No es verdad que una vida apaciguada no me daría temas para escribir. No tiene porqué no dármelos, no solo esta vida de sobresaltos puede. ¿He escrito alguna vez sin ser ello consecuencia directa de un sobresalto? Depende de lo que se entienda como sobresalto. En mi caso, la vida toda en su conjunto es un sobresalto y la escritura es la vida apaciguada, es música... Gracias a todos. Ahora pueden aplaudir. Una vez más, la representación humana ha sido un éxito.

Fragmento adaptado de la novela “La vida en duda”

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