Ensayos

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En un artículo anterior, en La Capital, hice alusión a la necesidad de la participación ciudadana para que a la Argentina arribe, de una vez por todas, la democracia real. Democracia que, por descontado, excluye ‘la vieja forma de hacer política, ésa que hay que desterrar’, según se refieren eufemística y cínicamente los mismos políticos que la han venido practicando hasta que, sorprendentemente, uno de ellos mismos dijo basta, incriminando a la clase política argentina y, por lo tanto, en cierta medida autoincriminándose.
En este sentido no está tan equivocado el FMI (si en algo está equivocado en sus claros objetivos) al decir que ‘la Argentina debe tener algún problema psicológico para no poder superar la hambruna de su pueblo’.
Por un lado, el problema psicológico lo tienen los dirigentes argentinos -de cualquier bando-, los que nos venían diciendo, hasta el mencionado ‘basta’, que en democracia nuestra economía y seguridad general mejorarían, mientras que, en realidad, ellos mismos pronunciaron hasta hoy cada vez más (y lo siguen haciendo) la última y terrible pendiente en la que nos metieron las fuerzas armadas y sus ministros civiles, quienes ahora andan a insolentes abrazos televisados entremezclados con nuestra actual clase dirigente, nuestros democráticos políticos.
Y, por otro lado, la culpa la tenemos nosotros, que los hemos votado. Y a quienes -de no tomar la ciudadanía alguna seria decisión-, tendremos que volver a votar, entremezclados, camuflados entre mandados a ‘poner cara de nueva forma de hacer política’.
No estaría mal, al respecto, preguntarle a los políticos en actividad a qué forma de hacer política ellos adscriben hoy y, a continuación, la razón por la cual abandonan la vieja forma que -como políticos de raza que se dicen ser- venían practicando hasta ahora, desde hace décadas. ¿O ellos piensan que nos pueden hacer creer que nunca se enteraron de la existencia de esa ‘vieja forma de hacer política’ justamente mientras la practicaban? ¿O, por casualidad, pertenecen a otra raza que no sea la autóctona, la simplemente argentina? ¿Nos van a decir ahora que no eran de ‘la raza política argentina’ sino rara avis y, además, autistas?
En todo caso, si nunca se enteraron de nada, son muy incompetentes; cosa que, por otro lado, tienen sobradamente demostrado en lo que puntualmente se les ha encomendado: mejorar nuestra calidad de vida. No sólo la de ellos, y menos tan, pero tan a expensas nuestras. Que hasta los argentinos tenemos un límite. O quizás no: habrá que ver los próximos informes psicológicos del FMI.
Esta dinámica, claro está, nos involucra, porque todos hemos participado de la misma cultura. En Administración se afirma que, para renovar una empresa, a veces es necesario remover a sus directivos, ya que éstos pueden conservar poder formal pero no autoridad para hacer cumplir algo que ellos mismos nunca cumplieron. Esta fue -la ‘eficiencia’ organizativa- una de las razones que esgrimieron nuestros democráticos políticos para echar a miles de empleados públicos. Y al resto de argentinos soltarles definitivamente la mano al malvender a manos privadas el patrimonio público. No hablemos ya de dónde está la plata de esas ventas, y las respectivas coimas correspondientes a esa ‘vieja manera de hacer política’.
Es de desear que, cuando legalmente se indique, votemos de nuevo. El surrealista ‘basta’ vicepresidencial es un excelente hito para que -en las guerras que ha desatado entre nuestros dirigentes- primero tomemos debida nota de quién es quién, de su trayectoria y, en su caso, interesándonos en que se haga cargo de ella; y segundo, para no votarlos, nunca más, a ninguno de todos los que lucraron o le hicieron la vista gorda a ‘esa vieja manera de hacer política’, a esa espantosa corrupción moral y económica evidenciada en el trágico contraste entre la situación de la inmensa mayoría de los argentinos con la de ellos, los diri-gentes, ofensiva ya hace rato en algunos o todos los aspectos.
Y es que no se puede, desde una crónica élite que ya ha dado constantes e incontestables muestras mafiosas, decir con credibilidad, con autoridad que, de ahora en más, el clan no será más mafioso. Como tampoco se puede decir que se está con el clan para intentar, desde sus entrañas, que haga menos daño (como han dicho senadores, camaristas y otros funcionarios, para conservar sus cargos), y menos entonces si esa mafia hace aún más daño y el individuo en cuestión no hace absolutamente nada, no destapa a nadie, no logra nada republicano y democrático. Por el contrario, sólo goza con los venales -traidores a la patria- de las mieles del poder y de una injusta gloria.
En cierta manera, en la organización argentina, todos hemos participado de esa cultura corrupta: a casi ningún argentino que ha votado a todos estos representantes le resta tampoco mucha autoridad moral. Me incluyo: si me engañaron es porque yo no me ocupé lo mínimo necesario en averiguar a quién le daba mi mandato. O me dio igual, que es peor.
Ahora, con la autoincriminación del basta vicepresidencial se ha sumado un conflicto organizacional más: el ápice estratégico -los dirigentes- en abierto conflicto de ‘intereses’ (ha leído bien) con la parte operativa -la ciudadanía: sus operarios.
Los dirigentes ya tenían pensado soltarnos la mano mucho antes de asumir el poder: lo tenían -más o menos en forma consciente- planificado, culturalmente. Yo me pregunto ¿qué nos tienen que hacer todavía para que nosotros le soltemos la mano a ellos, que son sólo unos pocos, y a quienes ya le hemos dado casi todo?
Sobran argentinas y argentinos bienintencionados, los tenemos al lado, a montones: todavía creo que son mayoría. Y no creo esto por un estúpido patrioterismo, sino porque no tengo constancia de ningún país en el mundo en que los malos sean mayoría. ¿Lo son en Argentina? Como sea la proporción, no deja de ser indudable que es hora de empezar a cambiar, si queremos sobrevivir.
Nuestra participación en la vieja forma corrupta de hacer política sólo se ha limitado (que no es poco, sino todo lo contrario) a votar a probados y claros incompetentes, delincuentes y/o encubridores. Todos lo sabíamos, además lo seguimos corroborando día a día: con sus permanentes internas, divorcios y amiguismos, con nuevos impuestos, con menos salarios, con más deuda externa, y con más lujos y prerrogativas sólo para ellos.
Antes nos decían que íbamos a comer, a educarnos, a ‘sufrir’ un bendito salariazo, a entrar radiantes al primer mundo. Y nos echaron de comer cada vez más miseria. Ahora nos dicen, en plena cara, que quieren dejar de hacer ya ‘esa vieja manera de hacer política’; es decir, nos dicen tan tranquilamente que dejarán de ser corruptos y que, para eso, los mantengamos como nuestros dirigentes. ¿Pero se ha visto mayor desfachatez?: lo dirán las próximas elecciones, cuando los argentinos entren al cuarto oscuro para elegir al gobierno que, seguramente, se merezcan.

Rosario, octubre de 2000.
Fragmento de Resistencia civil argentina

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