Cuentos

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Mencionemos a Vreni

Tengo desde siempre la impresión de que, cada mañana, el despertador suena diferente, o quizá sea que mis sueños suenan distinto a la hora del despertador. Tal vez la falta de rutina, la no costumbre de la monotonía a la hora fija.
Hoy hace una semana que comencé mi trabajo cotidiano. Me he dado vuelta en la cama minuto antes que nos aturdiera la campanilla. Que me aturdiera y me enervara. Y en la vuelta he dejado caer mi brazo sobre tu espalda. Y el otro brazo ha apretado nuestra almohada contra mi cabeza. He enterrado mi cara entre tu cuerpo y el colchón y sus sábanas. He respirado tibio y perfumado. Todo entre esos sueños ya livianos en que sueño que el despertador ya llama. Y llama. Y me retuerzo quejumbroso. Me estiro, abro los ojos y miro el cieloraso, los cierro, los aprieto tratando de retener la idea (al menos) del sueño recién interrumpido. Y, como de costumbre, esos sueños tan vívidos y tan palpitantemente presentes son un perfecto naufragio entre ideas nuevas. Me vienen a la mente la oficina, el director, la secretaria, cada obrero y cada empleado. Paso lista y una temerosa revista. Recuerdo el día anterior y las tareas que me esperan hoy, con temeridad. De modo mecánico reafirmo que cualquier pesadilla nocturna es infinitamente más tolerable que la de las ocho en adelante.
Me digo mi sistemático no y contra ti me acurruco buscando que seas tú quien tome la iniciativa. Que te levantes mimándome un poco con tu cuerpo y otro poco con tus susurros. Que te vayas hasta la cocina por dos tazas de café, humeantes, tuyas, mientras que yo me revuelvo todo a mis anchas en nuestra cama, me cubro íntegro con la manta e intento la ilusión de estar durmiendo nuevamente.
Y así, compartimos ya desde hace una semana la misma manera de abrirle los ojos a cada día.
Te llamo quedamente, pero mi sensación es que atrueno la paz que se restableció cuando dejó, a su vez, de atronar el despertador. Te llamo molesto, aunque sin fastidio. Más bien te llamo para que me socorras, a que me ayudes a dejar la cama. Tú, como siempre, responsable de mis deberes. Toda amor. Responsable hasta de mis derechos. Responsable de mí, tu marido, inútil, excepto para tí.
Pienso que estás dormida, desmayada, muerta. Pienso que estás jugando conmigo a hacerte la dormida, la desmayada, la muerta. Pienso a mi manera, en aluvión, infinitas, inexplicables, indecibles fantasías en un instante. Y voy de la alegría a la pena, del amor al resquemor, de la ternura hasta un mentiroso rechazo. De éste a aquel infinito. De la moderación al exabrupto, de la paz a la angustia. De la risa al llanto.
Dices que ése soy yo, la inestabilidad que amas, mi sensibilidad extenuante. El desconcierto que para mí te mantiene en vilo para tí te mantiene en vida.
De reojo, con verídico desasosiego miro el reloj, que se está tragando los minutos. Si no te despierto, aunque exasperado vea que se hace tarde, no iré al trabajo. No sé en qué medida sabes que yo vivo esperándote: cuando tu te hayas ido a tu taller te esperaré. Y si, como tantas veces, mis solos pensamientos me agobian, inventaré algo para hacer. Hasta que regreses. Luego, me bastará estar contigo.
Escucho cómo los niños bajan ruidosamente las escaleras. Te observo para ver si, por fin, algo te desvela. Estás de espaldas y tu pelo rubio hecho un hermoso remolino sobre tu cara, casi zambullida en el colchón. Por encima de tu camisón celeste te beso suavemente la espalda. Y te llamo. Pero no me contestas y sonrío pero con algo de angustia, porque cuando tu duermes no puedo dejar de sentir que me abandonas un poco.
Entonces, sin ruidos ni muchos movimientos, me levanto. He decidido que por esta vez, por esta mañana, procuraré darte -aunque trivial- alguna pequeña satisfacción.
Ya sé que me amas tal cual soy, tan poco vital, tan apesadumbrado por y de la vida misma, tan triste a menudo y, a veces, como para que tomemos conciencia de lo feliz que podría ser, tan eufórico, tan enamorado de ti, tan enamorado del amor (Cuando lees, entre mis escritos, que el viento de la razón sinrazón me está gastando la roca de mi alma y que voy siendo arena dispersa, me besas y me dices que me amas. Que me amas. Me amas.)
Hoy seré yo quien prepare el café. Hoy seré yo quien se siente a tu lado con ambas tazas, y hoy, de alguna manera, por pequeño que sea, seré un poco tú misma. Así, cuando despiertes, te verás en mí casi como ante un espejo. Así lo intentaré. Y verás que no sólo en el taller puedes esculpir algo bello. Tendrás, sin más ambición que por un día, una de tus mejores esculturas, vivificada, complaciendo a su buen hacedor.
La cocina está en el orden desordenado conforme a nuestra forma de ser. Queda café de ayer, pero siempre nos ha gustado cómo invade toda la casa el aroma del café recién hecho. Preparo dos tazas con el mayor esmero y, también, dos tostadas con mermelada. Lo llevo todo hasta tu mesa de luz y me siento a tu lado.
Quiero despertarte con mi mejor manera. Con mis dedos sigo suavemente el contorno de tu espalda, casi sin tocarte. Te beso y te nombro en la nuca. Te acaricio primero el cabello y luego la cabeza. Te aparto el pelo de la cara: estás pálida y veo que tienes morados los ojos. Me inclino sobre ti y apoyo mis labios sobre los tuyos fríos. Respiro quedamente y aspiro de tu boca mi propio aliento tibio. Te susurro de mis cosas y de esta mañana, de mi café. Te hablo como de costumbre porque lo mejor de ti siempre ha sido acompañar mi soledad. También, hoy no iré al trabajo; me basta, como tú dices, de la eternidad, un día contigo.

Estos cuentos están incluidos en la nueva versión, ampliada, de ‘La baba dialéctica’

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