Cuentos

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(al decir del filósofo)

El señor entró en el restaurante con una caja negra en la mano derecha y su portafolios en la izquierda. Se sentó en una de las mesas grandes del centro del salón y pidió al camarero "un bistec solo, por favor". Sacó de la caja un violín y, del portafolios, una fina batuta y un desordenado conjunto de partituras manuscritas. Dejó todo sobre la mesa, excepto la batuta, con la cual, acto seguido, ejecutó varios compases en el aire, en tanto que, con los dedos de su otra mano, desprendía otras tantas variadas notas del violín, ante el asombro y las sonrisas de los presentes.
Cuando llegó el bistec lo miró con ojos ávidos y mientras apartaba sus pertenencias, haciéndole lugar, lo olfateó de tal manera que el camarero no pudo menos que dejar escapar una breve sonrisa; carraspeó, acomodó de nuevo su comportamiento y preguntó al señor si deseaba algo para beber. "Un plato con leche", escuchó responder, y hasta cierto punto confundido pidió al gambucero un vaso de leche.
"Si ha de traerme la leche en un vaso traiga también un plato hondo, y que la leche esté tibia, que es como siempre la he bebido", acotó el señor. Y el camarero, mucho más confundido, vio cómo su excéntrico cliente apartaba los cubiertos y, tomando el bistec con sus manos, lo comía con estridente fruición.
Los parroquianos, en tanto, no disimulaban sus risas ni su desagrado, pero el señor no les hacía caso y, sin detener su alimentación, observaba a cada uno con miradas rápidas.
El camarero había llegado con el vaso de leche y el plato y, de inmediato, se retiró, a comentar con su jefe, la peculiaridad de los hechos.
Sin dejar de dar bocados a su bistec, el señor virtió la leche tibia en el plato y al momento sorbía de él, ruidosamente. Una pareja de la mesa contigua se retiró con evidente alteración. Todos habían detenido sus respectivas comidas y lo observaban con aspecto de no dar crédito a sí mismos. Hubo alguien que requirió del camarero orden en la mesa del señor. Otro pidió hablar inmediatamente con el mâitre, el jefe, el encargado, cualquier autoridad. Un tercero solicitó el libro de quejas.
El camarero consultó a su jefe, el cual, ajustando y acomodándose la corbata y la chaqueta, se dirigió a la mesa en cuestión.
El señor siguió con sus ojos el acercamiento. Apuró el bocado que recién había desgarrado de su bistec, lo tragó y se quedó inmóvil, con la mirada en los zapatos del jefe, que estaba ya a su lado y sin saber qué decir. Presto, el señor levantó la cabeza y miró a la cara del otro, mientras le temblaban los labios y se le veían los dientes. Sin dejar de mirar al jefe, se llevó a la boca el resto del bistec y lo engulló. El jefe, atónito, se retiró detrás de la barra.
El señor miró a su alrededor, gruñendo. Levantó su vista hacia el techo, estirando pronunciadamente el cuello. Entonces ladró dos veces. Al momento, el jefe le gritó que no se comportara más como un animal ya que, en caso contrario, como tal lo echaría de su respetable restaurante.
Ante los gritos, el señor irguió su espalda y volvió a mirar, por un largo instante, con atención al jefe. En ese lapso no pestañeó. Parecía meditar. También acechar. A continuación se removió en su silla, como reubicándose más confortablemente, y lamió el plato donde le habían servido el bistec. Olfateó la leche, pero la apartó sin beber.
Retomó el violín y, con notable delicadeza, comenzó a tocar una sobrecogedora melodía, que los parroquianos escucharon más y más embelesados. El jefe, relajándose, se recostó contra la pared. Un camarero al fin se sentó en la barra. De tanto en tanto, la gente intercambiaba miradas menos interrogativas y más conmovidas por la sensación que les producía la música del señor. Nadie hacía ruido, tampoco reclamaban la atención de la casa. El señor, que mientras tocaba parecía dormir apoyada su mejilla al violín, había creado un encanto mágico en el lugar.
Era ya más de la una de esa madrugada y el señor seguía desprendiendo de su violín seductoras cadencias. El jefe se sobresaltó al ver entrar a un conocido inspector municipal, quien seguro lo increparía por no haber cerrado a medianoche.
-"Yo comprendo que usted me multe", le susurró el jefe.
-"Y esto porque el señor vuelve a sus andanzas", agregó el inspector mientras sacaba el bastón de goma de su cintura.
Entonces, apenas perceptible, se descompuso aquella perfecta música.
A dos pasos del señor, y con la porra golpeando la palma de su mano, el inspector lo miraba con un no disimulado cansancio.
-"¡A casa!, ¡vuelva a casa!, ¡a dormir!", gritó el inspector.
El señor abrazó con fuerza violín y arco, y le ladró dos veces, limpia y cortamente. El inspector levantó su porra y dio medio paso adelante. Recomenzaron a temblar los labios del señor quien, de un salto, se puso de pie y abrió enorme su boca.
-"Ya verá usted", amenazó el inspector, que retrocedió, sin darle espalda, hasta el teléfono, con el que pidió ayuda policial.
-"¿Quién es?" le preguntaron camareros y jefe. Ignorándolos, el inspector rondaba -a cierta distancia- alrededor del señor, quien empezaba ya a gruñir sostenidamente mientras guardaba con delicadeza el violín en su caja y las partituras en el portafolios.
-"Es él", dijo desde la entrada del restaurante un polícía a otro que le acompañaba.
-"¡Vuelve! ¿Dónde estás? ¡Vuelve conmigo!", se escuchaba entretanto, afuera, lejana, la angustiada voz de una mujer.
-"La señora está afuera, buscándolo... tal vez sea mejor traerla", insinuó un policía. Pero el otro se negó y "vamos" le dijo al señor, al tiempo que le tomaba suavemente de un brazo. De inmediato, el señor dio un ágil salto sobre el policía, desfigurándole nariz y boca de un certero mordisco. Quiso también morderle el cuello pero el policía, aterrorizado y gritando de dolor se escabulló, primero tirándose al suelo y luego arrastrándose tan rápido como pudo, lejos de la mesa.
-"¡Dios mío, mira lo que has hecho!", se lamentó la señora que ya también entraba al restaurante.
El jefe, con voz quebrada, telefoneó al hospital, requiriendo una ambulancia. Mientras, el policía a salvo desenfundaba su pistola.
La señora acarició largo rato el sudado pelo del señor, luego le alineó la ropa.
El señor besaba (lamía) el cuello y la cara de su mujer. Se detuvo -se inquietó de nuevo- con el tronar de la sirena de la ambulancia, de la cual bajaron dos enfermeros que se llevaron al policía malherido. Pese a la restante presencia policial el señor recuperó serenidad: denotaba cansancio en forma de melancólica tristeza. Sin prestar atención a nada ni a nadie se interesó nuevamente por su violín. Lo sacó de su caja y comenzó a tocar, otra vez provocando progresivo embeleso.
-"Usted ha descuidado al señor, señora, y esto, como ve, se ha vuelto intolerable", dijo el policía sobreponiéndose a la melodía, a cada una de las notas del violín del señor.
-"No ha sido más que un triste accidente: mañana pasaré por la comisaría, a declarar", explicaba a todos la señora, mientras incorporaba al señor y lo hacía caminar hacia la salida. El señor continuaba tocando su violín.
-"Salvaje", le increpó el policía revólver en mano.
El señor se detuvo, dejó de tocar y bajó los brazos, miró interrogativamente a la señora, al jefe, a los camareros y, por último, al policía. Sacudió la cabeza, como quien aparta malos pensamientos (y como los animales sacuden sus pulgas), y ladró. Pero pronto sonrió con gentil gesto.
Miró sus dos manos: una sostenía el Stradivarius y la otra el arco. Acomodó contra su mejilla el violín, recomenzó sus entrañables composiciones y caminó lentamente hacia la autoridad.
El policía aguardó hasta que el señor estuvo a dos pasos y disparó luego en pleno estómago del señor, quien, sorprendido, cayó sobre sus rodillas. Sin dejar de tocar ladró durante minutos que parecieron infinitos. Esta vez, su música acompañaba armoniosamente sus ladridos, de tal suerte que no era posible distinguirlos de las notas.
El segundo tiro fue en la frente, por lo que el señor cayó muerto.
La mujer se recostó contra él: -"Sucedería en cualquier momento, querido: lo sabías tan bien como yo", le dijo muy quedamente mientras lamía la sangre que le brotaba.

Incluido en “Antología Literaria Santafesina” (para adolescentes y jóvenes)
de la Editorial Homo Sapiens (1999)

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