Cuentos

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-”¡Venga: hazme esas porquerías que sabes hacer!” oyó el guardavidas decir a un chico -al lado suyo- a una adolescente que ni lenta ni desganada le metió mano debajo del bañador y le sacó cuan larga y fresca picha que comenzó a mamar entusiasmada.
Alarmado, el guardavidas se refregó los ojos y los oídos, atribuyendo -en primera instancia- al antiséptico agregado al agua de la piscina alguna incidencia perturbadora para sus sentidos; miró -en efecto comprobó el hecho- y entonces levantó la mirada para cerciorarse de que tenía otros bañistas observando de testigos la escena, para censurarla. Los había en abundancia: el domingo transcurría espléndido, soleado y caluroso.
Pero, en el corto trayecto que debía cubrir para llegar a reprimir, vio cómo descendían por el tobogán acuático de la piscina alegres señoritas totalmente en cueros (todos sabiendo que tan encantadoramente desnudas no se permitía) y también vio desprenderse hermosos muchachos bamboleando graciosa y rítmicamente sus huevos. En el mismo acto, a su lado, la pareja origen ya follaba casi convulsivamente, corriéndose de continuo (”meseta orgásmica”, pude deducir...”) y, a su otro costado, un regordete (“... aún blanquito, pese a lo avanzado de la temporada...”) le bajaba tiernamente la parte inferior del biquini a una jovencita que, quebrada sobre la barra, clamaba por una gaseosa como sin darse cuenta de la maniobra del caballerito quien, todo seguido, con naturalidad, extrajo una verga ya algo erecta (“... que no tardó nada en estarlo del todo...”) para penetrar, con un largo suspiro, a la señorita, quien cerró los ojos fascinada, renunciando a la Coca Cola.
Entonces, el funcionario rió nervioso, algo cachondo (“naturalmente”) y, todo sudado, cogió el walkie-talkie llamando la atención de sus compañeros, quienes a su vez le indicaron que, por doquier, sucedía igual: todos follando con todos, con envidiable entusiasmo, complaciendo a quien encontrase, complacido por quien le encontrara, aún manteniendo otras actividades (‘... las habituales”) del público lugar...
-”Están todos follando...” susurró anonadado al teléfono el funcionario del Ayuntamiento, pero no pudo más: una desarrollada cría, que hasta el momento decorosamente lo había mirado desde el refugio de la cercanía de sus padres -ahora cada uno follando con terceros- contorneándose se le aproximó, le apoyó enteramente sus recién bien nacidas curvas sobre su pecho y vientre (“... también acariciaba mis rodillas con las suyas”) le quitó suavemente el teléfono con una mano y, con la otra, le cogió (“... lo hizo despacito”) por adentro del blanco y holgado pantalón corto reglamentario los testículos y el pene (“Sí, todo junto: me llamó la atención que en esa manita le cupiera todo. No, si no me quiero jactar, sólo ser fiel a lo sucedido...”) de tal suerte que el mozo sintió un fuego en su entrepierna (“... se me propagó incontrolablemente hasta la cabeza”) que le llevó a tirarle un beso a la boca de la niña, quien ya la adelantaba deseosa. Inmediatamente, se pusieron a follar.
Proveniente de las oficinas posteriores a los vestuarios, al fin se hizo presente el funcionario jefe de la repartición -el único que quedaba sin fornicar y que recién tomaba conocimiento, por su costumbre de encerrarse frente al televisor, amparado por el aparato de aire acondicionado y su teléfono descolgado- y, ante la escena general, (“... dantesca, me superaba...”) de todo el predio municipal cubierto de gozosos bañistas que, aún sin producir ningún desorden ni, menos aún, cometer desmanes (“... en los escasos momentos en que no fornicaban, con la serenidad habitual del lugar, merendaban, respetando las normas correspondientes...”) se abalanzó en forma muy animal sobre una beldad, quien, con idea de zambullirse, se duchaba al borde de la piscina, forzándola entre espantados gritos de terror y pedidos de socorro, que la enorme concurrencia no atendió al tratarse de actuaciones llevadas a cabo por la máxima autoridad del establecimiento (“... homosexualidad, lesbianismo, sexo grupal sin importar edades sí... pero violaciones, honestamente -hasta lo del Director- no me constaban: todo se desarrollaba -si cabe- como en una cierta y ordenada libertad, sin barbarie. De hecho, las instalaciones quedaron intactas, limpias; se retiraron decentemente vestidos, entremezclados, en paz, como habían llegado... Realmente, el único que puso la nota fue el encargado...”).
-¿Tiene usted algo que agregar en su defensa?
-Estaban todos follando... Reconozco que en vez de intentar hacerlo yo también mi deber hubiera sido detenerles su abierta promiscuidad, pero yo estaba adentro y no vi bien cómo venía la cosa. De todas formas estaban todos, señor juez ¿usted me entiende, no? estaban todos con todas, y todas con todos, follando, era espantoso...
-¿ ...No participar? ¿Usted puede demostrar semejante aseveración? ¿Puede demostrarme que medio barrio Salamanca -habitual en esa piscina- de gente honrada aquí presente, estaba entregada a una abierta tarde de domingo absolutamente orgiástica, todos con todos, padres, hijos y abuelitos ...?
-Es que en el barrio no me quieren, tampoco el personal a mis órdenes: dicen que soy muy severo, que no permito el topless, esas cosas...
-¿Me está queriendo insinuar que todo el barrio -y sus subordinados- para tenderle una trampa que lo destituyera, se pusieron libremente a fornicar?
-Yo no acostumbro a alucinar, señor: estaban todos fornicando. Así, cuando llegué, me hicieron creer que yo también podía...
-Violar a una jovencita...
-No creí que no quisiera... todos follaban... estaba absolutamente desnuda... cuando se puso a gritar me pareció un papelón que yo, siendo el encargado, fuera el único que no lo hiciera: ciertamente perdía autoridad...
-Ciertamente. Llévenselo.

Publicado en “Viajeros de la Underwood”
(número 7, diciembre de 1998)

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