Cuentos

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Al ser agnóstico culturalmente esperanzado en un cielo feliz para (al menos) mis queridos y yo, puedo aceptar la posibilidad de que Dios -o algo así, por ejemplo, sin barba- exista, con lo que eso implica: que sea todopoderoso. También la posibilidad de más de uno, o de uno o muchos semidioses, con enormes poderes pero no ilimitados, que explicarían más el desorden que siempre le asiste a la Humanidad, única devota. Casi me consta que los animales que nosotros denominamos irracionales, así como los componentes de los reinos vegetal y mineral no adoran a nada más -y sólo en algunos casos- que a su naturaleza -existencia- como los peces y las lechuguitas en su participación en el biosistema.

Pero lo que no puedo aceptar es que se lo considere (o se los consideren, si son más de uno) justo y sabio y bueno al mismo tiempo, porque cualquiera o cualquier cosa -sin tantos atributos- sabemos que lo podría hacer mejor con relación a nuestro grado de bienestar y de felicidad, incluso una piedra, al no arbitrar. Aún más, incluso los curas, sin remotamente una de esas cualidades divinas pero con otros poderes ostensibles, concretos -como sus dineros y sus intrigas cimentadas en el abuso de la angustiosa necesidad existencial de los hombres y mujeres y niños por darse una explicación y una razón a sus vidas y a sus muertes- logran nunca ser tan crueles como el o los supuestos dioses. Pese a estar sobradamente demostrado que las iglesias de cualquier religión son colectivos más enfermos y depravados que sus propios feligreses -matan, torturan, lavan cerebros de niños y niñas para disfrutarlos sexualmente- también tienen demostrado que en algunos puntuales casos socorren (aunque más no sea por proselitismo compensador de sus desmanes) a la población, en contra de los justos designios de Dios, o de la banda, en el mencionado caso que, para más desgracia, sea más de uno (o quizá, si son muchos, sea mejor, y entre ellos haya uno ciertamente como lo deseamos: que luche contra sus pares malvados. Por eso tal vez hemos inventa al Diablo, otro dios).

Cuando mi queridísimo abuelo agonizaba, me encerré en el baño de debajo de la escalera (yo tenía doce años y aún era creyente) y le rogué a Dios con todo el alma -que en mi vida me ha sido posible y ya no lo será más- que no lo matara, que no me quitara la persona que más me quería en el mundo. Pero el muy desaprensivo lo mandó a la tumba.

Por lo tanto, mi vida es sólo esperar: escribir, criar decorosamente a mi hija y complementarme con mi pareja. Espero calladamente el día en que a Dios se le ocurra matarme y, cuando me llame a su Juicio Final, me le acercaré obediente, con la cabeza baja y, cuando lo tenga a tiro, cuando lo tenga a mano lo cagaré a trompadas, no le dejaré ni una de sus cualidades entera, para bien de la Humanidad y, de paso, por gusto personal.

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