Críticas

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Poético y erótico sin discernimiento es el pelear de Horacio de Zuasnabar, y lo digo desde el doble punto de vista de escritor y de amigo. Porque este libro no es un simple juego verbal sino un diario vital, una narración de sus estados de ánimo que trata de objetivar por medio de un lenguaje poético. Esta autoconfesión y su discurso psicológico son su gloria y también su riesgo. Porque la mano que escribe debe hacerlo desde el reposo y la contemplación y no desde el apasionamiento que es un estado de gloria que todo lo justifica y lo tapa, incluso los errores de expresión literaria.
Horacio sale airoso del desafío, después de batallar en ese terreno tan accidentado y lleno de contradicciones. Porque el amor es un ansia de más vida (“No me separaría de ti /. / hasta agotar el tiempo / hasta vivirlo integro”), un riesgo (“La sencilla imprudencia de entregarte”), una desolación producida por la ausencia (“Vuelvo a tu ignorancia”) o por el desánimo (“Arrolló la vida el sueño entero”) o por esa radical incapacidad de comunicación que hace imposible la mutua integración total (“En nubes paralelas / tu y yo nos vemos”) (“hospitalaria admíteme / dentro de tu espacio”)
Si acompaño cada reflexión con un ejemplo sacado del libro, es para que pueda comprobarse la justeza y creatividad del lenguaje, necesaria para que la objetivación artística se cumpla.
Otros sentimientos dan lugar a imágenes y metáforas muy inspiradas. La sensación de intemporalidad (“Todavía es demasiado tarde”) y el recurso a proposiciones y mecanismos fantásticos para estimular el amor (“Y te quedas a mi lado / como si no estuvieses mientras estás / y te miro y te busco”). En definitiva, esa sensación contradictoria que propone el amor y le hace exclamar como colofón: “No es posible... / entender más que lo incomprensible”.
Horacio crea ambientes emocionales con una imaginería excelente, como cuando relata su encuentro con un amor mercenario: “La boda mortuoria de cada noche / el entierro de cada mañana / el funeral reiterado...”. Se mueve con soltura en el lenguaje de las metáforas y de las analogías, como se desprende de estas muestras: “En el vacío que dejas / entra un ala del frío” o “Mis ojos enferman de belleza” o “Tus carnes disparadas, me buscan”.
Un libro de Horacio de Zuasnabar a tener en cuenta, un libro caliente y vivo de quien entiende el erotismo como una totalidad y confiesa que también sus hijos literarios son fruto de un acto amoroso, de una pluma apasionada: “Un lapicero / que fue sexo en mis dedos”. Un libro que, como el tema que canta y como quien lo canta, es imaginativo, extremado, lujoso, turbado, y turbador. Y siempre bello.

Francisco García Marquina

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