Críticas

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Sr. Jorge A. Rouillon,
mi querido pariente político, amigo y compañero


Como sabés, en cuanto a poemas, desconfío de lo testimonial, de lo personal, y no porque no crea en su eventual potencia y no dé por descontada la sinceridad de sentimientos cuya lejanía me está prescripta por la naturaleza, sino porque entiendo absurda la pretensión de hacer pasar por universal todo lo individual, sin más pasaporte que el de existir. Según Goethe no hay razón alguna para suponer que el albañil no se enamora de la misma manera que el poeta... Y alguna vez dije –y espero que disimules la inmodestia de citarme en virtud de lo ignoto que revelo– “que la índole bondadosa no es una categoría literaria”, en texto que naturalmente el Suplemento me pidió y no publicó.
Lo señalo para prevenirte que en principio hay cierta cosa en la obra de Horacio de Zuasnabar que no va conmigo: la personificación extrema y la reconocible direccionalidad de sus alegatos me inhiben un poco y ruego, al respecto, ahorrar esas argumentaciones del tipo Laura de Noves o Beatriz Portinari, por el muy simple motivo de que uno ve símbolos donde quiere y donde no quiere no los ve. En tal sentido, tu amigo –¿o pariente? y en ese caso también pariente transitivo mío– se tira abajo adrede, practica una suerte de maceración imprecisamente versificada y se pierde por los cerros de la oratoria de circunstancias.
Hasta aquí todo lo malo, para sacármelo honestamente de encima y para darle más valor a los méritos que me siento obligado a destacar: Zuasnabar posee una expresión a menudo muy intensa y un tono de poeta grande, aupado en una voluntad de mencionar sombras trascendentes, de retener la presa arduamente ganada, que en mucho supera las limitaciones de la “bahía de mis razones, donde he amarrado el cerebro”. En verdad, es otra su voz, otro su estilo, por ejemplo: “Llegar antes de morir...”, “lodo, polvo, y una vez más viento...”, “He visto tantas mañanas que ya intuyo la madrugada...”
Hay, perdidas en el costurero burgués, gemas verdaderas como “desesperado náufrago en dique seco...”, o “me sumergí en el sueño de mis sueños”. En ese libro todo lo abstracto, en general, me parece bueno y hasta notable. Convengo en que no es éste el único poeta actual con que experimento esta sensación contradictoria; de modo más bien oscuro advierto en muchos una especie de escepticismo sobre el fondo de la labor que hace, y la presunción consiguiente de que “las intenciones no se juzgan”, lo que si bien es cierto en términos jurídicos para nada invalida aquello de que “de buenas intenciones está empedrado el camino al Infierno”.
Pero a los poetas no hay que aconsejarles nada, sino simplemente desearles suerte y paciencia. ¿Y la crítica? En realidad, la crítica sirve para los lectores, no para los poetas, cada uno de los cuáles tiene su Laura o su Beatriz, o, mejor, una loba a la que le place lo que el lobo hace. No más que cuando uno siente el aroma de la excelsitud supone que no lejos se está cocinando la gran poesía.
He estado enfermo estos días pero espero verte mañana.
¡Perdón por la tardanza! Un abrazo

Fernando Sánchez Zinny
Buenos Aires /22/07/02

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