Críticas

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¿Qué es lo que necesita nuestro país? ¿Qué es lo que necesito yo? ¿Cuáles son las necesidades del Estado argentino y cuáles las de nosotros, sus ciudadanos? ¿Cuáles son los objetivos de la Argentina y cuáles los nuestros, en particular? ¿cuál es la negociación que entre compatriotas estamos efectivamente dispuestos a hacer para conciliar intereses y objetivos y tomar decisiones que satisfagan a todos? (me refiero en forma exacta y concreta, sin retórica) ¿Cuáles son las fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas de la Nación, y de cada uno mismo de sus habitantes, en la consecución de objetivos generales satisfactorios? ¿Cuáles son esos objetivos? ¿Existen objetivos argentinos comunes? Por imperativo de nuestra condición humana es inexorable pensar respuestas dignas para estas iniciales preguntas democráticas. Y por la misma razón sigue siendo irrenunciable pensar respuestas para las siguientes cuestiones que, sin término de continuidad, se presentan. A este espontáneo interrogatorio estamos invitados a presentarnos de continuo –ante nosotros mismos al menos- y sin podernos excusar.
Por eso es indeclinable para todos determinar y realizar juntos objetivos y planes nacionales consensuados y revisados en una permanente, profunda y franca comunicación ciudadana, buscando entre todos las oportunidades para decidir qué hacer si nos desviamos de la dirección deseada y emprendida, reorientando nuestras vidas hacia el horizonte planeado en común. Ya será siempre, para todos los argentinos, tarea urgente e insoslayable perfeccionar juntos un sistema democrático real, -tiene entidad y valor suficiente como para que nos fijemos períodos de nuestro tiempo no sólo para reflexionar sino también para actuar en consecuencia. No basta con ver por televisión que nos ha pasado, qué nos pasa y qué somos, como si no fuéramos nosotros. No basta por indigno con predecir, por pasar. Asimismo está probado que estos períodos de reflexión y actuación nos los deberemos hasta con el último respiro, porque al menos alguna vez sentimos que seguiremos vivos en nuestros hijos.
Es necesario en fin que nos dediquemos en forma adecuada y estable y rever y controlar estas elementales preguntas, y las que de ellas se derivan, ante cualquier que vayan a tomar, y que tomen, aquellos que elegimos emplear bajo sueldo para que nos administren nuestros recursos y objetivos: es decir, nuestro presente y el futuro de nuestros hijos.
¿Qué es lo que quiere y necesita Argentina? ¿Qué es nuestro país? ¿Está realmente organizado? ¿Cuáles son sus planes a largo plazo? ¿Quiénes hacen –quiénes son- el país? ¿Hay cultura nacional, propia y cómoda, para que nos desarrollemos todos? ¿Cuál es? ¿Qué es lo que necesito y busca para mí y los míos? ¿Qué es lo que deseo y procuro conjuntamente con mis connotaciones? ¿Estamos de acuerdo al menos en algo, todos juntos?
Por último –y sin menoscabo de la actividad política en su condición eminentemente humana –está probado que es democráticamente inobjetable que alguien, en el ejercicio de sus libertades, se mantenga por voluntad propia al margen de sus derechos, en cualesquiera de sus manifestaciones, niveles y posibilidades. Sólo a su conciencia –sin aparente pudor ante lo extraño- le corresponde juzgar la aceptación para sí de decisiones ajenas. No obstante, y por equivalente motivo democrático, es moralmente exigible a todo aquel que individualmente se responda estas cuestiones que haga saber y defienda sus conclusiones, ante los demás argentinos en primer lugar, para luego, ya de común acuerdo, defender ante el mundo nuestra voluntad nacional. Dentro de todo –considerando las variables externas no controlables- hasta puede ser sencillo: en la historia del mundo existen precedentes. La principal dificultad podría residir en que la relación de variables internas resultara inversamente proporcional: cuando más simple la tarea más ineficientes sus responsables.

La Capital, jueves 27 de julio de 2000

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